El fútbol en las alturas: cómo la altitud y el calor de México cambiaron el juego

México organizó los Mundiales de 1970 y 1986 a más de 2.000 metros y bajo un sol de justicia. En 2026 vuelve la altitud a escena.
No todos los Mundiales se juegan en las mismas condiciones, y pocos han sido tan exigentes físicamente como los organizados por México en 1970 y 1986. La combinación de altitud y calor convirtió el reto deportivo en también una prueba de supervivencia.
Ciudad de México se asienta a unos 2.240 metros sobre el nivel del mar. A esa altura, el aire es más ligero, hay menos oxígeno y la resistencia de los jugadores se resiente; además, el balón viaja más rápido y describe trayectorias distintas, lo que obliga a ajustar el juego.
A la altitud se sumó el calor. Muchos partidos se disputaron a mediodía, bajo un sol abrasador, para encajar con los horarios de máxima audiencia televisiva en Europa. Fue el caso de la mítica semifinal de 1970 entre Italia y Alemania, un desgaste extremo que hizo aún más heroica la prórroga de siete goles.
En 1986, Diego Maradona firmó en el Azteca uno de los mejores torneos individuales de la historia pese a esas condiciones, demostrando que el talento también sabe adaptarse a la exigencia física del entorno.
En 2026, con México de nuevo como coanfitrión, la altitud y el calor vuelven a la conversación: sedes como el propio Estadio Azteca sitúan otra vez el factor ambiental en el centro de la estrategia de las selecciones. Jugar en las alturas nunca es un partido más.
Fuente: Wikipedia (1970 FIFA World Cup; 1986 FIFA World Cup; Estadio Azteca).